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Más oscuro, macabro y violento que nunca, Dead Space Remake estudia, amplía y mejora todos los triunfos del título original.


Se suele decir que la página en blanco da bastante vértigo y, sin embargo, cuando cojo las riendas de un nuevo texto mis preocupaciones suelen atacar desde otros frentes. “¿Me atascaré en algún párrafo?” o “¿estoy haciéndole justicia a este título?” son algunas de las dudas que me atenazan con mayor intensidad mientras la crítica va cogiendo forma. Ahora bien, hay veces en las que a esos problemas se suman otros todavía más peliagudos. Si hablar con conocimiento de causa de un videojuego o de cualquier artefacto cultural es una tarea harto complicada – qué consideramos relevante, qué desechamos, por qué, cuánto espacio asignamos a cada aspecto -, la cosa llega a adquirir matices hercúleos cuando nos enfrentamos a un título como este remake de Dead Space. Y aunque, como es obvio, esta reinterpretación no se puede entender sin la existencia del Dead Space original, basar la premisa del análisis en una comparativa constante no apunta a ser una solución satisfactoria, como tampoco lo sería, por otra parte, un texto cuyo eje fuera tratar este Dead Space (2023) como un ente aislado de las circunstancias que han dado lugar a su origen.


Así que, al final, tal y como nos enseñó el gran pensador Isaac Clarke, la virtud está en cortar por el medio de las extremidades de los necromorfos.


Cómo llegó a esta conclusión es la parte interesante, puesto que Isaac y los demás miembros de la USG Kellion son reclutados para reparar, de forma urgente, la USG Ishimura, una nave emblemática de la CEC estacionada junto a la colonia Aegis VII. Clarke, además de ser un ingeniero espacial experimentado, tiene un interés especial en la misión: Nicole Brennan, su pareja, es una oficial médica en la Ishimura y su último mensaje es realmente preocupante. El acercamiento a la Ishimura parece ir conforme a lo previsto hasta que, sin previo aviso, el sistema de guiado falla de forma estrepitosa y la USG Kellion se ve obligada a aterrizar de forma forzosa, armando un estruendo que recibe, como única respuesta, el sepulcral silencio de la USG Ishimura y su tripulación. Clarke y sus colegas, no obstante, tienen una misión que cumplir y se dirigen, titubeantes, hacia la recepción.



Ese inquietante panorama hace las veces de punto de partida para uno de los mejores survival horror de los últimos años. Y no me estoy refiriendo únicamente a la versión de 2008, porque el remake desarrollado por Motive Studios para Electronic Arts es, sin ningún género de dudas, un perfecto ejemplo de cómo aproximarse a una tarea tan complicada como es revisar un título de la categoría del primer Dead Space.


En primer lugar, a nadie sorprenderá que señalemos que este remake se alza, claro, sobre hombros de un gigante. Y aunque la labor de Motive Studios va mucho más allá del mero lavado de cara, tampoco hay que desmerecer su ámbito visual: todo el apartado gráfico, técnico y artístico es absolutamente magistral. Texturas, diseño de las criaturas y escenarios rayan a un nivel espectacular, ampliando los potentes conceptos que se presentaban en la obra original – con momentos realmente macabros y una oscuridad densa como el petróleo – y una calidad gráfica que denota que, ahora sí, estamos ante un título de nueva generación. Y si el impacto visual es potente, no lo es menos el sonoro, con un diseño y unos efectos de auténtico escándalo, que martillean nuestros oídos con la maquinaria pesada de la Ishimura, los chillidos – o lo que sea eso – que hacen los necromorfos, sirenas, delirios varios y demás asaltos contra nuestra sangre fría.



De la cual tendremos que exhibir muchos galones, porque en el apartado jugable Dead Space ha dado un importante salto adelante. Si ya en el original enfrentarte a los necromorfos significaba plantar cara a uno de los engendros más horripilantes, agresivos y tenaces de los videojuegos, en este remake la cosa se ha puesto todavía más cuesta arriba. Si bien las señas de identidad del combate se mantienen – cercenar las extremidades de nuestros enemigos para matarlos bien muertos -, Motive Studios ha implementado una nueva capa de localización de impactos que funciona como la seda para los necromorfos y que, al mismo tiempo, es una pesadilla para Clarke… y para nosotros. En la versión original bastaba con poner el punto de mira en nuestro apéndice favorito y tirar del gatillo para obtener el satisfactorio resultado de verla salir por los aires, pero en esta ocasión cada impacto se llevará por delante una generosa capa de tejido necromorfo hasta que, por fin, la extremidad que hayamos elegido se desprenda de nuestro enemigo. Y lo que en principio puede parecer un alarde técnico sin mucho peso, al final desvela todo su empaque cuando los enemigos pasen de ser mero personal que tuvo la desgracia de pasar por ahí a ser, por ejemplo, miembros del equipo de seguridad a los que les ha dado tiempo a colocarse su uniforme lleno de blindaje.


Será en esos momentos donde entrará en juego nuestra pericia en el manejo del armamento, que si bien resultará más que familiar a los veteranos de la USG Ishimura, tampoco se ha librado del escrutinio de Motive Games. Isaac Clarke es un ingeniero espacial superado ampliamente por las circunstancias, y el arsenal del que dispondrá es buena prueba de ello; con la única excepción del rifle de pulsos – un arma de corte militar en toda regla -, el resto de herramientas a nuestra disposición serán eso, herramientas. La (ya mítica) cortadora de plasma, un soplete o rayos de contacto y sierras de círculo cambian su propósito original – soldar, cortar rocas y hacer cosas de ingenieros – para convertirse en letales armas en manos de Isaac. A estas reconversiones de urgencia tendremos que sumarles un par de módulos que también nos vendrán bastante bien; la kinesis, cuyo propósito inicial era ayudar a los trabajadores a desplazar cargas pesadas, nos permitirá arrancar cuchillas, tubos y demás objetos con potencial punzante y arrojárselos – con aviesas intenciones de agredir o empalar – a nuestros enemigos. Y si vemos que los necromorfos tienen demasiada prisa en atacarnos, siempre podremos lanzarles una carga de estasis, ralentizar su asalto y tomarnos nuestro tiempo para apuntar, reposicionarnos y salir airosos del encuentro.



Es al combinar todos estos factores cuando Dead Space arroja el resultado que todos deseábamos: un survival impecable, lleno de tensión, body horror y sustos que hacen que cumplir las distintas tareas de reparación de la Ishimura sea un calvario hasta para quienes se conozcan la entrega original de principio a fin. Recorrer los angostos pasillos de la Ishimura a la eterna búsqueda de soluciones, respuestas y suministros encuentra, como recompensa, unos combates vibrantes y encarnizados que parecen durar una eternidad, pero que se resuelven en apenas un puñado de segundos. A esto ayuda, y mucho, una panoplia de armas y accesorios que ha visto como sus capacidades se han revisado mucho y bien. Contundentes, espectaculares y satisfactorias, las armas de este remake saben marcar grandes diferencias – en estilo y resultado – de sus pares, aportando así tanto una muy necesaria variedad en la jugabilidad como una fuerte personalidad que hará que quede en nuestras manos la decisión de qué alegre combinación de herramientas elegiremos para remachar los necroproblemas que nos salgan al paso.


Y no serán pocos. Más bien al contrario, ya que la Ishimura es un hervidero de corrupción necromorfa, averías, explosiones y todo tipo de desgracias que nos pondrán a prueba en cada corredor y estancia que recorramos. Aquellos que nunca hayan experimentado el terror espacial de Dead Space tienen al alcance de la mano un survival horror incontestable que aúna con maestría tensión, pinceladas de horror cósmico y llamadas a clásicos del género como Alien, La Cosa o Event Horizon.


Pero que no desesperen los que, como el que suscribe, se conocen como la palma de su mano los pasillos de la USG Ishimura: la revisión que ha hecho Motive Studios de esa obra maestra que fue, es y seguirá siendo el Dead Space de 2008 contiene incentivos suficientes para volver a enfundarnos nuestro uniforme de ingeniero espacial, empezando con nuevas zonas que se pueden visitar realizando backtracking. Con alguna excepción que no hace sino confirmar la regla – ciertas secciones que se alargan un pelín más de lo deseable -, todos los cambios han sido a mejor. Un arsenal potenciado – ese lanzallamas, menuda sinfonía de la destrucción -, un muy superior y totalmente remodelado movimiento en gravedad cero, un sistema de mejoras mucho más satisfactorio o un mejor perfilado de ciertas partes de la historia y localizaciones son solo unos pequeños ejemplos de la cantidad de secretos (incluidos un par bastante especiales en el modo New Game +), recovecos y detalles que esconde una Ishimura más oscura, repulsiva y hostil que nunca. Pero alguien tiene que hacer el trabajo de arreglarla, y los miedos están para superarlos. Otra vez.





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